Recuerdos de cosas que nunca sucedieron

Hoy he tenido uno de esos días en los que mi cuerpo y mi mente quieren hacer cosas distintas.


Uno de esos días en los que no sé quién soy, ni sé lo que quiero y comienzo a sentirme prisionera de todo, pase lo que pase: podría estar en el sitio más idílico del planeta y probablemente seguiría sintiéndome fuera de lugar, porque en realidad estoy encerrada en mi mente.


Sé que no soy la única que tiene días así, pero odio cuando me pasa y me siento como un bicho raro. Lo bueno es que he descubierto que suelo curarme de esa sensación cuando comienzo a escribir, y por eso estoy aquí, frente al teclado, redactando estas líneas, a ver si se me pasa.


Yo atribuyo esta sensación de inconformismo a mi infancia de estímulos infinitos y aventura a la carta; a veces pienso que si mi infancia hubiese sido aburrida, triste o solitaria, quizás estaría mucho más conforme con mi vida adulta (al menos el contraste sería más sutil).


Los días como hoy, mi pensamiento recurrente es: "quiero ser libre", y ese deseo viene acompañado de imágenes de cabalgatas en la selva, de rutas a caballo en parajes indescriptibles, de noches de fogata y tambores en pueblitos caribeños cuyo nombre nadie recuerda pero donde todo el mundo es feliz sin saberlo.


A veces son recuerdos de cosas que nunca sucedieron, porque al parecer los emigrantes vamos desarrollando esa capacidad con el paso del tiempo; recuerdos como el de esa noche en la que creí en las brujas gracias a los cuentos de Fico en Boconó y pude verlas trenzándole las crines a los caballos a la luz de las luciérnagas; recuerdos como el de aquel viaje que nos llevó a un lugar remoto que algunos llaman "El Paují", donde era tan agradable caminar bajo la lluvia que no nos dimos cuenta de que nunca paró de llover; recuerdos como el de aquella tarde de junio, cuando una nube de mariposas amarillas nos acompañó, deteniendo el tiempo, mientras galopábamos por el río entre platanales y lianas.


Si, recuerdos de cosas que nunca sucedieron, para los demás, pero porque son tan increíbles que los que las vivimos hemos decidido no relatarlas mucho, hemos decidido atesorarlas para que no se desgasten (porque son tan mágicas que se estropean, como los chistes, cuando los vuelves a contar).


Y luego me doy cuenta de que si me aferro a ESA libertad, solo podré ser libre en el pasado o en mi país, y eso es una mentira como una casa. Yo soy libre donde me dé la gana.


La libertad está en todas partes, esperando a que la veamos; en cada lugar del planeta tiene un color distinto, un ritmo propio, en cada rincón del mundo tiene un sabor único que se adapta a la persona que decide probarla.


Somos libres cada día, somos libres de sentirnos prisioneros mientras nos aferramos a las libertades que destellan desde la distancia o de abrazar la libertad cercana: en mi caso, la libertad de la cervecita en la terraza, la de bajar a comprar alguna cosa insólita "al chino" y conseguirla, la de ir en metro a la playa al salir de la oficina, la de bailar con los músicos que hay en cada callejuela, la de comerse una buena tortilla de patatas en cualquier bar, la de sentarse a escribir un domingo a las 10 de la noche escuchando a Leonard Gambrell, la de aquí, la de ahora.



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